
Instrumento de tortura conceptual
He tenido que pasar varias noches en el hospital y cuando las horas y minutos se hacen eternos, sentado en un sillón velando a uno de tus seres más queridos, te das cuenta cuanto vale un buen diseño. Me refiero en este caso al maravilloso, elegante, transpirable, discreto y multifuncional sillón donde parte del día son incorporados los pacientes y por la noche pasa a ser el lugar de descanso de los acompañantes. De mecanismos robustos, toscos y con elementos movibles sacados de la fragua de un herrero, me imaginaba a Walter Gropius en Weimar (Alemania) con su lema: Arte y tecnología, una unidad nueva, o a cualquier otro alumno o profesor de la mítica escuela de diseño Bauhaus y como hubieran afrontado el reto de conseguir aunar diseño, arte, confort, durabilidad, ergonomía y buen hacer.
Pensando y pensando, intuía que a bien seguro sus primeros pensamientos irían dedicados a los futuros usuarios, en este caso los pacientes y su movilidad. De como aplicarían su máxima de: “menos es más”. De como se interesarían por la biomecánica del ser humano, para ubicar de la mejor manera posible todos los elementos de que constasen; recogidos la mayor parte de esos datos en el “NEUFERT”, protagonizado por Ernst Neufert, colaborador de Gropius y autor de “El arte de proyectar en arquitectura”.
También pensaba que algún maestro pintor, conocedor de la teoría del color, aplicaría su granito de arena para producir una experiencia visual fructificante, y a su vez compatible con el trajín al que son sometidos diariamente los susodichos sillones. Y que el taller de telas proporcionaría un tejido duradero, adecuado y acorde con las normas sanitarias. Por no citar otros talleres en donde se estudiarían materiales innovadores pero conscientes de su función, uso y destino final.
Deje volar más la imaginación preguntándome si hubiera sucedido en realidad, ¿sería una obra de arte perdurable en el tiempo? ¿serían aún hoy en día un diseño difícil de superar? Divagando me encontraba cuando un chasquido producido por el susodicho sillón me devolvió a la cruel “realite” ya que uno de sus anclajes se había cansado de soportar mi peso y aducía quejidos, pidiendo ser posicionado en otra de sus pocas por no decir escasísimas posiciones ergonómicas de que disponía.
La persona o el personal que habían diseñado el sillón actual, me daba la impresión de que: ni estudiaron tan famosa escuela de arte, y poco les importaba quienes iban a ser los sufridores de su diseño. Lo cual me generaba otra duda: ¿es que nadie después de fabricada
la primera unidad, había estado sentado probándolo? La respuesta que me surgió era evidente. ¡Seguro que sí!, lo que imaginaba es que el sufrido probador de nombre común “dummie” no esta dotado de sensibilidad y sentimientos como todos nosotros. Mas bien, lo ponen ahí, hace su trabajo y ni tan siquiera se queja, no cobra remuneración alguna por ello, y tampoco es responsable de los resultados obtenidos, sean estos buenos o malos.
Seguramente tanto ellos, me refiero a los diseñadores, como a sus mandatarios y posteriormente sus compradores se dejaron llevar amén de otras cosas, por la parte económica, (siempre es la parte económica) la que manda en estos casos, y mas aún cuando se trata del amueblamiento de todo un hospital o cadena hospitalaria. En definitiva se decantaron por la experiencia visual que no sensorial, o como vulgarmente se dice: “comieron por los ojos”
¿Acaso el destino de tan infumable, anodino y para nada funcional producto de diseño seria el de no gozar de la sensibilidad humana de a quien va dirigido? He aquí una de las grandes cuestiones que se pueden plantear en la cultura del todo vale y lo que importa no es el fin del diseño si no más bien cuanto y cuantas unidades se van a producir y a que costo.
No contento con mis pensamientos y divagaciones, de camino a la cafetería, me llamó la atención una puerta entreabierta, que en su dintel ponía las palabras: “almacén y reparación”, y dando rienda a mi curiosidad innata me asomé para quedar perplejo con la visión que tenia frente a mi; un verdadero cementerio de sillones y piezas sueltas cual desguace de chatarra en una película de Tarantino, todos ellos apilados sin orden aparente alguno y a la espera de un receptor cual lista de donantes.
Mientras tanto y al caer la noche, cuando los pacientes dormitan y el movimiento de los pasillos cesa, salvo por alguna ronda de enfermería. Los quejidos, chirridos, chasquidos y demás “idos” que se os puedan ocurrir irán en proporción directa de las fabulosas imágenes de contorsionismo y recuperación que al despuntar el alba y con el consiguiente despertar de la planta del hospital producirán en los huéspedes nocturnos que han habitado dichos sillones.
Este suceso del que cualquiera puede ser autor y protagonista, al famoso diseñador, por decir algo, y a toda la recua que lo abaló y le dio el para bien, no les deseo nada más que todos esos “idos” anteriormente nombrados, se les aparezcan en sus sueños, truncándoles el descanso, hasta que el almacén y sus inquilinos desaparezcan, dejando paso a un diseñador, un diseño y un producto final mucho más Bauhaus, con su identidad y principios.
Hasta entonces, queridos futuros diseñadores, pensad más y mejor a la hora de acometer vuestros proyectos y recordad que es mejor una buena reputación que soportar noches de insomnio causadas por pesadillas nocturnas.
Comentarios recientes